A menudo digo a mis pacientes que la salud comienza en el intestino. No es una metáfora: la mayor parte de nuestro sistema inmunitario vive allí, en diálogo permanente con los microorganismos que nos habitan.
El microbioma intestinal (los billones de bacterias, hongos y virus que pueblan nuestro tubo digestivo) es hoy uno de los campos más fascinantes de la medicina. Lejos de ser meros pasajeros, estos microbios ayudan a digerir los alimentos, producen vitaminas y ácidos grasos de cadena corta, y educan continuamente al sistema inmunitario para distinguir lo que es amigo de lo que es amenaza.
Cuando este equilibrio se altera (un estado al que llamamos disbiosis), las consecuencias pueden extenderse mucho más allá del intestino. La investigación ha asociado las alteraciones del microbioma con enfermedades autoinmunes, alergias, trastornos metabólicos e incluso el humor, a través del llamado eje intestino-cerebro. La barrera intestinal, cuando está comprometida, deja pasar moléculas que mantienen al sistema inmunitario en alerta crónica.
Por eso, en mi enfoque, cuidar el intestino es cuidar la inmunidad. Una dieta diversa y rica en fibra vegetal, alimentos fermentados, menos azúcar y ultraprocesados, y el uso criterioso de antibióticos son pilares sencillos pero poderosos. Nutrir a nuestros microbios es, en el fondo, nutrirnos a nosotros mismos.
Referencias seleccionadas
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