Siempre pregunto a mis pacientes cómo duermen. No por cortesía, sino porque el sueño es uno de los determinantes de la salud más subestimados, y uno de los más negligidos en la medicina moderna.

Durante mucho tiempo, dormir fue visto como tiempo perdido. Hoy sabemos lo contrario: el sueño es un proceso biológico activo durante el cual el cerebro consolida recuerdos, regula hormonas y elimina residuos metabólicos. El descubrimiento del sistema glinfático mostró que es sobre todo durante el sueño profundo cuando el cerebro se «limpia» de proteínas asociadas a la enfermedad de Alzheimer.

La privación crónica de sueño no es un inconveniente menor. Está asociada a mayor riesgo de obesidad, diabetes tipo 2, hipertensión, depresión y mortalidad global. Una sola noche mal dormida basta para alterar la sensibilidad a la insulina y perturbar el apetito al día siguiente, algo que muchos de mis pacientes reconocen de inmediato.

En mi práctica, trabajar el sueño es frecuentemente el primer paso, y no el último. Horarios regulares, exposición a la luz natural por la mañana, reducción de pantallas por la noche y un dormitorio fresco y oscuro son intervenciones sencillas, sin efectos secundarios y profundamente eficaces. Dormir bien no es un lujo: es medicina preventiva en su estado más puro.

Referencias seleccionadas

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